Por: Fernando Gómez, Fotógrafo profesional

En el mes de mayo fui con mi pareja Fátima a Portugal. La idea era recorrer todo el norte del país fotografiando restaurantes, casas y hoteles, mientras disfrutábamos de la famosa gastronomía portuguesa.

Empezamos por Lisboa, la capital, ciudad puerto encaramada en siete cerros, parecida a Valparaíso, pero con una estructura arquitectónica diferente. Edificios de siglos pasados, tranvías, calles angostas y mucho local pequeño donde comer. Lisboa es bella, melancólica, antigua y señorial, como dice el fado, y recorrer sus rincones llenos de historia fue un agrado con el permanente clima primaveral de 25 grados que nos acompañó.

Lo primero que hicimos fue tomarnos un café, en taza más chica que la habitual de nuestro país, pero de un sabor espléndido. ¡Qué buen café el de Portugal y qué barato! Fue imposible no acompañar esa maravilla con el típico pastel de nata portugués, un pastel de crema con un ingrediente que es un secreto nacional, según el mozo, y que lo transforma en un real disfrute al paladar. Pero como no solo de pastelitos de nata vive el hombre, en los siguientes días vendrían trozos de merengue, pasteles de Belén, Queijadas de Sintra, y la más amplia variedad de dulces que uno pueda imaginar. La verdad es que Portugal parece una enorme pastelería donde en Lisboa, la agencia principal, locales y turistas hacen largas filas para adquirirlos. Es por eso que si va alguna vez, tiene usted el desayuno asegurado.

En comidas probamos desde la típica feijoada portuguesa (plato de porotos negros con carne) hasta unos aromáticos caracoles de tierra al ajo que acompañamos con un vino Alvariño, ( uva de piel gruesa que produce vinos con aromas de manzana, es del norte), dejando los platos de pescados para comerlos a nuestro arribo en Nazaré, ciudad costera a 130 kilómetros al norte de Lisboa.

Y fue en esa ciudad donde nos dimos cuenta que los grandes protagonistas de la cocina portuguesa son los pescados. Sin duda los reyes, el bacalao y la sardina, que secados al sol a un costado de la costanera, son ofrecidos en cambuchos de papel, y ¡vaya que sí anima ese sabor a sal tu caminata mañanera! Pero mucho más interesantes son las variedades de pez desconocidos para nosotros como el pez espada, fino y brillante como una pulsera de plata, y que no es otra cosa que una anguila, pero plateada. Una especie tan distinta y hermosa que nos incentivó a prepararlo en casa.

Comprar en el mercado fue un placer porque la amabilidad de los portugueses es un tema aparte. No fue una sino muchas las veces que se dieron el tiempo para llevarnos a los lugares por los que preguntamos, incluso desviándose de su camino. “Para que no se vaya a perder”, te decían. En el mercado lo pudimos comprobar una vez más. “Deje reposar el pez durante media hora en abundante sal de mar. Luego al sartén, sin más”, me dijo la señora del puesto de pescados, con toda la calma del mundo. No alcancé a pensar un minuto en dónde nos conseguiríamos la sal suficiente cuando la señora me estaba pasando un saco de la más deliciosa sal, casi para comerla sola, y un saco de hielo. “Para que se conserve fresco”, dijo. Recorrimos el resto del mercado, que como todo mercado que se precie de tal, cierra a la una, y nos fuimos por el vino. Portugal es el sexto productor de vinos del mundo y un país de grandes contrastes. Pocos son los países tan pequeños en tamaño que puedan presumir de tanta diversidad de vinos. Aparte de los famosos Oportos y Madeira, Portugal produce una gama de vinos muy amplia. Y aunque no soy un experto, me decidí por un blanco, que se parece al Riesling, de sabor seco y mineral. Esa noche el acompañamiento de papas no fue tocado frente a la maravilla de ese pez espada que se tira entero al sartén, se cuece en segundos, y al plato. Señores, ¡una delicia!.

El resto de nuestra estadía en Nazaré, donde los 25 grados de Lisboa se habían transformado en 30, la pasamos comiendo sardinas y tomando cerveza, que no sabíamos la razón por la cual sucede, pero eran muy baratas: 500 pesos un shop. No hay mejor combinación que calor y cerveza, y esta vez, claro, sardinas.

Siguiendo el recorrido llegamos a la ciudad de Porto y de ahí, cruzando cerros y cerros, a la zona del Duero, con un paisaje muy parecido a la famosa cuesta Barriga acá en Chile. Abajo el rio bordeado por los viñedos que hacen tan especial este lugar. Pendientes pronunciadas y las parras que llegan hasta la orilla del rio. Un espectáculo que no se pueden perder si viajan a Portugal. Ir parando para fotografiar y buscar los mejores ángulos obliga a conocer mejor los sitios. Estaciones de trenes, no abandonadas como en nuestro país, sino que en pleno uso, o pequeños pueblos, más bien caseríos que se nutren del rio. Callecitas estrechas con esa gente llenas de amabilidad y encanto.

Siempre tuve la curiosidad de conocer Portugal, por nada especial, solo la curiosidad de estar ahí. Se dio la oportunidad y créanme, vale mucho, pero mucho más que la pena. Las distancias no son largas, las carreteras un lujo, su gente, no me canso de decirlo, sencillamente espectacular, y el resto, pues el resto tienen que vivirlo.